Juana de Lestonnac

Icono de Lestonnac

Juana de Lestonnac nace en Burdeos – Francia, el año 1556. Coincide esta fecha con la muerte en Roma de San Ignacio de Loyola. Sus padres fueron don Ricardo de Lestonnac y doña Juana Eyquen de Montaigne. Se casa en 1572 (a los 17 años) con Gastón de Montferrant Landirás. Veinticuatro años de matrimonio enriquecieron su ser de mujer con las dimensiones de esposa y madre. A los 41 años queda viuda y debe hacer frente al gobierno de una casa llena de actividad y de responsabilidades.

Pasan cinco años y cree llegado el momento de ver realizado sus ideales de juventud en una entrega a Dios sin condiciones. María a quien hab{ia descubierto como madre en su juventud, acompañará su entrega total a Dios en un Monasterio de la Orden de San Bernardo. Pero la dureza de esta vida sobrepasa sus fuerzas y tiene que abandonarla. En su última noche en el Monasterio, Dios se hace presente con su luz y Juana vislumbra su futuro: hay una juventud que se pierde y ella es quien debe tender la mano. Juana regresa a Burdeos.

Una peste que azota la ciudad en 1605 reclama sus servicios y su atención a los muy necesitados. Y va a ser para Juana de Lestonnac ocasión de encuentro con jóvenes que se le irán uniendo atraídas por su personalidad y sus ideales. Es el grupo de las primeras compañeras.

Juana de Lestonnac ha tenido a lo lardo de su vida la dirección espiritual de los Padres Jesuitas: “Ella se dirige en primer lugar al P. Marguestaud, escogido después director para la Reina de España y al Padre Mesnage. Con este último se dirige poco tiempo, porque debe ausentarse de Burdeos para acompañar al Provincial y vivir en París…”.

El proyecto de fundación de la Compañía de María, encuentra una providencial y gran ayuda en los Padres de Bordes y Raymond, profesores del Colegio de la Magdalena de Burdeos. A ellos les preocupa la situación de la juventud femenina y encuentra en la viuda de Montferrand, hermana de su compañero y profesor el P. Jerónimo de Lestonnac, la persona preparada por Dios para atender esta urgente necesidad.

Durante cuatro años el P. de Bordes será el principal impulsor de la nueva Congregación. Durante los años 1605 y 1606 el P. de Bordes aconseja a Juana de Lestonnac y al primer grupo de compañeras y les dirige en la experiencia de los Ejercicios Espirituales. “El les dijo que antes de recibir las reglas, que serían más o menos las de San Ignacio, vendría muy a propósito que se penetrarán de su espíritu en su retiro de algunos días, en los cuales purificarán sus almas y donde el celo tomaría nuevas fuerzas; que no ignoraban que la Compañía de Jesús debía su nacimiento, expansión y gloria a los “Ejercicios Espirituales” de su santo Fundador, quien se los hizo hacer a los diez primeros padres de su Orden (…) y que ellas debían marchar tras sus huellas para prepararse a superar todas las contradicciones y a vencer todos los obstáculos que se atraviesan ordinariamente en los grandes proyectos”.

Esta experiencia tuvo tanta transcendencia en la vida de la Fundadora que influyó poderosamente bajo los ángulos de la espiritualidad del Instituto como de la pedagogía empleada en su apostulado.

En respuesta a la iluminación recibida, Juana presenta su proyecto al Cardenal de Sourdis en términos llenos de firme decisión y de ofrenda humilde: “La señora Juana de Lestonnac, hija del difunto Ricardo de Lestonnac, Señor del Parc y Consejero del Rey en la Corte del Parlamento de Burdeos, y viuda del alto y poderoso señor Gastón de Montferrand, Soldan de la Trau, Señor y Barón de Landirás, de la Mothe y de otros lugares. Blanche Hervé, Serene de Coqueau, Marie de Roux y otras varias doncellas. Estas se ofrecen, según sus posibilidades,  a ayudar como instrumentos, aunque inútiles, a esas jóvenes indefensas que piden, sin palabras, el alimento de la Doctrina de la salvación y la instrucción”.

De esta línea de “ofrendas”, el celo de la fundadora se hace más vivo y más eficáz para emprender la obra de educación que está en vísperas de realizar: “Si vosotras supierais (…) estaríais dispuestas a dar, vuestras capacidades, vuestro talento, aun vuestras vidas por este divino trabajo que es la educación de la juventud”.

El dinamismo que crece con los Ejercicios es, a la vez, mirada fija hacia el objetivo y firme disponibilidad como instrumentos en las manos de Dios. Bajo la mirada del Padre de Bordes aprenden a contemplar a Jesucristo en sus misterios y ponen las bases para una vida de oración que debía fundamentar su obra apostólica. La espiritualidad ignaciana y su característica de “contemplativos en la acción” aportan a la Compañía de María desde sus orígenes armonía, unificación y globalidad. 

Resaltamos este apartado una observación sobre el acta de fundación que dejara escrita Juana de Lestonnac, en los siguientes términos:

“Dios Nuestro Señor , queriendo dar nuevas pruebas de su bondad y de su misericordia para con las personas  de nuestro sexo en estos últimos tiempos, ha instituido la Orden de Nuestra Señora según el modelo de la Compañía de Jesús, en cuanto somos capaces de conformarnos a ella. A este fin tuvo a bien escoger… al reverendo padre de Bordes…”

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